Miro mi mano

Miro mi mano mientras escribe, no miro la pantalla del computador. Veo como ella salta de letra en letra. Solo en este momento hablo verdaderamente dentro de mi cabeza, pero ello me impacienta porque he presentido cuanto quería escribir antes de que estuviese escrito. Pensar no es entonces hablar dentro de la mente. Ni tampoco es esta escritura de ahora. Continuo a mirar mis manos.

Es otra escritura. Una escritura que tuvo que suceder antes de que yo comenzara a escribir y en la que me encontré inmiscuido sin siquiera haberlo decidido. Tal escritura sucede entonces fuera de mi, o más bien yo soy resultado de ella. Este “ser resultado de ella”, sin embargo, no es pasividad. Mi pasividad tiene que ver, en cambio, con el hecho de que cuando tal escritura sucede – y me encuentro con otros cuerpos vivos o inertes- no me doy cuenta de que es allí cuando el pensamiento me acontece.

Creemos que el pensamiento nos acontece cuando estamos concentrados en nosotros mismos, cuando nos disponemos a teclear las palabras y en cambio el pensamiento ya nos aconteció cuando estábamos interactuando con otros cuerpos vivos o inertes.

Escribimos activamente entonces cuando tomamos la decisión de reconocer que el pensamiento es ese encuentro intercorporal y lo vivimos en todas sus magnitudes.

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