El cuerpo inerte

(proyecto jamás realizado para un blog del Colectivo Virosofía)

El Colectivo Virosofía realiza acciones en las que arte y filosofía se fusionan. No se trata de una síntesis: es haciendo arte como Virosofía practica la filosofía y viceversa. En este blog se expone la faceta escrita de Virosofía, la cual parte de un concepto ampliado de escritura: la escritura sería un cuerpo inerte (no muerto, solo excluido de la biología) que se genera cuando los cuerpos humanos interactúan – en su búsqueda incesante de la «miel del espíritu» [Nietzsche, Genealogía de la Moral] – entre ellos y con otros cuerpos no humanos; dicho cuerpo inerte se mantiene en vida latente aun cuando la interacción ha abandonado el presente; es hijo de dicha interacción pero no tiene que ser su retrato; flota en el río del tiempo hasta chocar con nuevos cuerpos humanos que son fecundados por él.

Primera entrada

Singulares entre todos los seres, los virus no pueden reproducirse por sí mismos aunque posean la clave genética para hacerlo. Es más, básicamente un virus es esta clave genética (ácido nucleico: ARN o/y ADN) cubierta de una capa de proteínas que la protegen. Se podría pensar al virus como una cajita que contiene las instrucciones para construir dicha cajita (las instrucciones incluyen el que la cajita contenga instrucciones sobre como construir una cajita similar). Esta cajita no es como las células, pues las células poseen estructuras que les permiten alimentarse, es decir transformar material que encuentran al exterior de ellas en energía y en materiales idénticos a sus propias estructuras. Las células pueden entonces crecer, multiplicarse, dividirse, transformarse. Los virus no.

Esto coloca a los virus en una particular situación entre lo vivo y lo inerte. No tienen la mayor parte de las características de lo que en general llamamos seres vivos pero comparten con ellos algo muy importante: ácido nucleico. Este ácido es la escritura a través de la cual la vida codifica la información genética. Pero como ocurre con cualquier escritura, ella no es información si no hay quien la pueda leer. Las células pueden leer la escritura contenida en sus núcleos. Un virus en cambio no es nada más que un amasijo de polímeros hasta que una célula interpreta estas moléculas como indicaciones a seguir. Es como si el virus estuviera vivo solo cuando entra en contacto con lo vivo. El virus sería algo así como vida en latencia.

Esto me hace pensar que la vida no es una característica del individuo sino del conjunto. Las células que acogen el material genético del virus parecen más vivas que él, o al menos más animadas que él, pero ellas también dependen de la red celular en la que se encuentran situadas. Dicha red mantiene las condiciones necesarias para que cada célula pueda vivir.

Hay, sin embargo, organismos unicelulares que no necesitan entrar en contacto con otros seres vivos para sobrevivir; muchos de estos organismos unicelulares viven en condiciones no aptas para la mayoría de los demás organismos vivientes. Algunas bacterias, por ejemplo, viven bajo un glaciar de 1,5 km de espesor a 10 grados bajo cero, sin oxígeno y sin luz solar y alimentándose de sulfato y hierro. Al parecer se trata de condiciones que dominaron el planeta hace millones de años por lo que dichas bacterias se habrían desarrollado en tal época y se habrían mantenido sin transformaciones durante todo este tiempo. En otras palabras, aunque estos organismos unicelulares no tengan una conexión directa con otros seres vivientes en el presente, la conexión existe en el pasado.  El conjunto que llamamos vida es entonces un conjunto que se extiende más allá del tiempo. Los organismos del pasado están tan vivos como los del presente (el hecho de que no estén vivos en el presente no quiere decir que no estén vivos, que dejen de ser necesarios para el conjunto «vida»). Así mismo los organismos del futuro están vivos en los organismos presentes y lo estuvieron en los del pasado. Es algo que tiene que ver con la manera en la que el proceso de escritura y lectura de la vida está constituido. De algún modo este proceso permite que el infinito se presente. Pero no es que todas las formas de la vida estén en potencia en su escritura. No es la combinatoria de sus elementos la que contiene dicho infinito. No se trata de una biblioteca de babel. Si la escritura de la vida fuera sobretodo fiel a si misma, a sus elementos y a sus ordenes, dicho infinito no sería tal. Son los «errores» en su transcripción y en su lectura los que permiten que el infinito exista. Sin embargo aunque estos errores desborden la escritura de la vida, ella los permite, hacen parte de su forma de ser, son consecuencia de los materiales de los que está constituida que provocan ambigüedades en el proceso de lectura y transcripción; ambigüedades sin las que además el mismo proceso de transcripción correría el riesgo de bloquearse (a la falta de un elemento de la escritura éste es sustituido por otro en su transcripción).  Lo que llamamos evolución tiene uno de sus principales pilares en estas ambigüedades y por ello mismo el nombre «evolución» no tiene mucho sentido. No se trata de un proceso lineal constituido de cambios graduales, no existe una realidad primera que sometida a un movimiento intrínseco explique la complejidad y lo heterogéneo. La complejidad de la vida es más bien el resultado de una miríada de condiciones intempestivas. Me gusta concebir esto como un proceso de pensamiento que no trasciende su propia corporalidad.

Y mientras que en los organismos unicelulares aparentemente separados del resto la intempestividad de este pensamiento pareciese haberse anulado para repetir sin cesar lo que alguna vez en un pasado muy lejano fue escrito, los virus parecerían haber concentrado al máximo la escritura intempestiva de la vida. Es como si hubiesen eliminado todo par convertirse en pensamiento puro. Como individuos parecerían solo cuerpos inertes y sin embargo tomados como conjunto son un gran organismo inteligente cuyo proceso de pensamiento es el devenir mismo de sus formas.

Admiro la extrema austeridad del virus, su estar casi muerto aun conteniendo el enigma de lo vivo. Es ello lo que le permite ser tan potente.

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